Matilde Soto Díaz: La Maco que Dejó Huella en el Baloncesto

En la comunidad del baloncesto regional, el nombre de Matilde Soto Díaz puede que no resuene con fuerza, pero su apodo, “la Maco”, está grabado en la memoria colectiva de quienes comparten la pasión por este deporte. Este martes, la noticia de su fallecimiento a los 68 años ha conmocionado a muchos, dejando un vacío difícil de llenar en el ámbito deportivo. La importante figura del baloncesto regional perdió su dura lucha contra una enfermedad renal que la mantuvo alejada de las canchas durante sus últimos meses de vida, aunque su espíritu nunca dejó de vibrar cada vez que se hablaba de su amado deporte.
La trayectoria de Matilde, desde sus primeros pasos en el baloncesto a la tierna edad de 9 años en la Escuela Yugoeslavia, la llevó a convertirse en un referente para las nuevas generaciones. Gracias a la guía de su maestro, Humberto Aguila Cofré, la Maco perfeccionó sus habilidades y se unió al Club Deportivo Progreso, donde jugó fervientemente hasta los 35 años. La destacada jugadora no sólo fue una competidora excepcional, sino que también una madre orgullosa, transmitiendo su pasión por el baloncesto a sus tres hijos, Fabián, Joaquín y Christian Aguilar Soto, quienes continúan el legado familiar en la cancha.
A pesar de su retirada del deporte en la última etapa de su vida, la Maco nunca dejó de ser una presencia constante en el baloncesto local. Todos los domingos, sin falta, se le podía ver en el gimnasio alentando al equipo Lago Blanco, del cual era una ferviente seguidora. Para Matilde, cada partido era una oportunidad para conectar con sus queridas jugadoras, a quienes consideraba parte de su familia, reforzando así los lazos que el deporte forja entre las personas. Su cercanía, apoyo incondicional y amor por el baloncesto la convirtieron en una figura querida y respetada en la comunidad.
La triste noticia de su partida ha calado hondo no solo en su familia, sino también en todo el entorno del baloncesto regional, que la recordará como una mujer fuerte y apasionada. El duelo por su pérdida se siente en cada rincón de las canchas donde compartió risas, victorias y, sobre todo, amor por el baloncesto. La Capilla Cristo Redentor, ubicada en la intersección de Jorge Montt con Club Hípico, ha sido el lugar elegido para su velorio, donde amigos, familiares y colegas rinden homenaje a su legado y su indiscutible huella en la comunidad.
Con la muerte de Matilde Soto Díaz, el baloncesto no solo pierde a una apasionada jugadora, sino a una verdadera embajadora del deporte cuya vida fue un testimonio de dedicación y amor hacia el baloncesto. Mientras su familia, incluyendo a sus siete nietos, llora su pérdida, su legado perdurará en cada rebote, pase y canasta que se realice en su honor. Como ella misma mencionaba en su entrevista de 2018, el baloncesto fue su vida y, aunque ahora ya no esté físicamente, su espíritu seguirá inspirando a aquellos que la conocieron y la amaron.
